Colmillos

—Estamos organizando una campaña de donación de sangre en el centro cívico. Si le interesa, es este viernes.

—¡Gracias, allí estaré! —le aseguré al recibir el panfleto.

Me respondió con una sonrisa de dientes afilados.

Anuncios
Imagen

Un regalo inesperado

arce
—Escucha atenta, hija. Los árboles están cantando.
     Alzo la vista. Una mujer de cabellos grises se ha detenido al otro lado de la verja y dirige el rostro hacia mí, pero tiene los ojos cerrados. Cuando los abre, sonríe al ver que me he quedado boquiabierta.
     —Vamos, cierra los ojos —murmura—. El viento suena distinto cuando pasa entre las agujas de los pinos, las hojas del arce o las ramitas de un matorral. Si prestas atención, oirás hasta el chasquido de las hojas al separarse de las ramas.
     Hago lo que dice, más por la sorpresa que por convicción. «Vieja loca», pienso mientras deslizo un dedo entre las páginas de mi libro. Tengo la tentación de entreabrir los ojos para ver qué hace ella, pero algo me dice que no me dejará en paz hasta que “escuche”.
     Pasan unos segundos en los que no percibo nada inusual. El viento, ¿qué pasa con el viento? ¡Siempre suena igual! No obstante, empieza a picarme la curiosidad. Respiro hondo y dejo que mi cuerpo se relaje contra el tronco del arce; es cuando percibo lo irregular de su superficie en mi espalda. La brisa me revuelve el pelo pero no trato de peinarlo; dejo que juegue con él mientras me inunda con el perfume de las dalias.
     Para entonces, ya no pienso en la anciana. Sobre el canto de los pájaros alcanzo a oír las hojas que se agitan formando un susurro melodioso; al ladear la cabeza y descansar la cara sobre el tronco, siento como si el árbol me cantara a mí. Es extraña la conexión que puedo llegar a sentir con un elemento que, hasta ahora, creía inerte.
     Sonrío cuando me caen hojas alrededor ante un soplo de viento y aún transcurren varios minutos hasta que levanto los párpados. Me enderezo con un suspiro y cruzo una mirada cómplice con los ojos verdes que me observan desde la valla. Sin mediar palabra, hace un gesto de despedida y sigue su camino; la contemplo hasta que la pierdo en el recodo del sendero. En mis oídos, los árboles unen sus voces en una delicada canción.

Receta reinterpretada

Del caldero se elevaban efluvios que hacían volar la cabeza de Trisha. Todo le daba vueltas y los ojos empañados no le dejaban ver bien lo que hacía con el cuchillo, así que las raíces de asfódelo le estaban quedando en trozos desiguales. Para colmo, la cocción se le había pasado ya de tiempo. Miró el reloj, apurada; Marla estaba a punto de llegar.

Se secó el sudor de la frente con las páginas sueltas del libro de recetas y trató de arreglar las raíces pero, cuanto más las retocaba, peor forma tenían. Terminó por clavar el cuchillo en la mesa con un gruñido de frustración; Poro se estremeció en su jaula ante aquel arranque y retrocedió contra los barrotes.

La pócima burbujeó furiosa cuando Trisha tiró los trozos dentro con descuido. «Unos minutos más y…», pensó, pero el líquido se oscureció hasta adquirir un tono oscuro, casi negro… y ella recordaba con claridad que el tono en el recetario era azul pálido. Tragó saliva para deshacer el nudo de nervios que tenía en la garganta.

—Tiene que haber una manera de… —murmuró para sí.

Buscó frenéticamente el cuaderno a su alrededor pero, cuando se inclinó para leer, las páginas estaban emborronadas. Se quedó mirando las líneas por unos segundos sin comprender lo que veía hasta que, horrorizada, se llevó una mano a la frente; al retirar los dedos manchados de tinta, dejó escapar un grito ahogado.

Sigue leyendo

El lápiz mágico

Asintió con la cabeza gacha al oír las palabras de la profesora y clavó la mirada en la mesa. Los demás leían sus trabajos corregidos en un silencio que parecía acusarle; él se pellizcaba los dedos y los entrelazaba sin parar, sintiendo que tenía que hacer algo para disimular que, de nuevo, no había entregado los deberes.

«Quiero que hablemos después de clase, Sam», le había dicho la seño. Le iba a caer una regañina, lo sabía. Ella era muy buena con todos, pero también justa, y no lo dejaría pasar otra vez.

Se mordió el labio para no llorar. Encima, sus padres también le castigarían si se enteraban. Esperaba que la seño no les mandara una nota a casa, ni hablara con ellos. Aquella posibilidad era lo que más miedo le daba.

La clase terminó más rápido de lo que le habría gustado y, apenas sonó el timbre, los niños empezaron a levantarse para ir al recreo. Salieron corriendo del aula con sus bocadillos y balones de fútbol; dejaron a Sam a solas, sin querer moverse aún de su mesa y esperando que la seño se hubiese olvidado de él. Pero la señorita Virginia se acercó para sentarse a su lado sin decir nada, esperando a que él levantara la cabeza. Y Sam decidió que tenía que ser valiente.

Sigue leyendo

Imagen

Amanecer

A las 5:40, Carlota partió hacia la colina. Llevaba la cámara de fotos en el bolsillo, un sándwich y un zumo en la mochila, y el pelo recogido en dos coletas que bailaban al ritmo de su paso ligero.

La vida en el campo se desperezaba: los pájaros piaban en sus nidos y el gallo de los vecinos hacía ya un rato que cantaba. Pelusa salió de su caseta para seguirla correteando; ella se llevó un dedo a los labios para indicarle que no ladrara, pues la excursión era secreta y mamá y papá no podían enterarse.

La colina quedaba a unos metros de casa. Con sus escasos 300 metros, era el punto más alto en aquella interminable extensión de campos y bosquecillos; llegar a la cima no tomaba ni cinco minutos.

Pelusa movió la cola al ganarle la carrera, obteniendo a cambio una sonrisa. Carlota se sentó con las piernas cruzadas como un indio, sacó el desayuno y se dispuso a comer, partiendo antes un trozo de pan para el perro. Pero Pelusa parecía más interesado en jugar con las mariposas que bailaban a su alrededor, conformando una imagen tan encantadora que Carlota se apresuró a retratarla.

Los primeros rayos del sol precedieron su aparición en elpolaroid sunrise horizonte, emergiendo desde un bosque de abedules. La niña suspiró y el animal la miró curioso, pero ella no apartó la vista. La parte inferior de las nubes se fue tiñendo de rosado, mientras que el cielo aún lucía de un azul oscuro que se iba tornando dorado y celeste por momentos.

Carlota disparó la cámara. En el estómago sentía el cosquilleo que solo el primer día de verano podía provocar.


Hoy que por fin hace frío de verdad en mi ciudad, necesitaba evocar esa calidez de los primeros días de verano, esa ilusión con la que esperaba mis vacaciones cuando era una niña. Como cada año, te soportaré como pueda, invierno, ¡pero por mis pies y manos congeladas te juro que nunca llegaré a quererte!

Ciber-amor

“Mándame fotos. Quiero verte”.

Enter. Segundos de espera que se alargan mientras el “Escribiendo…” aparece en pantalla.

“Me da vergüenza”.

Él suspira pero no pierde la paciencia; sabe cómo convencerla.

“¿Vergüenza? Seguro que eres guapísima. Si me mandas una, te mando yo otra mía”.

Un minuto entero transcurre esta vez antes de que la foto de una rubia sonriente aparezca en pantalla. Su pelo se ondula sobre el escote y lo corto del vestido deja ver unas largas piernas.

Sigue leyendo

Salté

Mechones de pelo ondean sobre mí, agitados con violencia por el viento. Al viento lo oigo silbar en mis oídos, enfurecido cuando tira de mí queriendo retenerme. Agarra mis ropas mientras yo me hundo en él, cada segundo más cerca de una libertad que será real cuando mis huesos se estrellen contra el hormigón.

Con los ojos clavados en el cielo, una sonrisa se me dibuja en los labios.