La cena está lista

—¡Ya estoy en casa!

Sam colgó la chaqueta en el perchero tras la puerta. A medida que caminaba por el pasillo hacia la cocina, un extraño olor le hacía arrugar la nariz con desagrado; parecía como si algo estuviera descomponiéndose allí.

—Lola, cariño… ¿A qué huele?

—¡Sam! No te oí entrar… —Su mujer tenía la cocina patas arriba. Había restos de comida en la encimera y utensilios tirados de cualquier manera en el fregadero, pero ella se veía contenta—. Estaba haciendo la cena. Huele rico, ¿verdad?

—Por supuesto… —Sam fue incapaz de negárselo, tan ilusionada como estaba.

La besó con dulzura en la mejilla al pasar por su lado, tratando de ver qué había en el horno, pero se distrajo con los rizos rubios que se le escapaban de la coleta.

—¿Dónde están los niños?

—Salieron temprano a merendar con los hijos de Sonia, la vecina. Han hecho un picnic en el parque, ¿sabes? Me han vuelto loca insistiéndome para que les diera permiso…

—¡Espera, espera! —la interrumpió Sam, espantado—. ¿De dónde has sacado ese pájaro muerto, Lola?

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Combustión espontánea

Al principio es sutil: un cosquilleo en la mente que reclama atención, que empuja hasta hacerse hueco y se instala entre pensamientos, alzando los brazos cada vez que se le quiere pasar por alto.

Y se sale con la suya: crece alimentándose de ideas hasta que su presencia se hace insoportable y empieza a molestar. Pincha, grita, pellizca; se enrabieta cuando se le aparta por un momento sólo para volver con más fuerza después.

Prende fuego a la hoja en blanco y la consume con escenas, personajes, detalles. Pero tan repentino como empezó, acaba… Y del cosquilleo solo quedan rescoldos. Rescoldos y la tranquilidad de cerrar el cuaderno con una página emborronada más.