Ella no tenía color cuando la conoció. No era gris, ni blanca, ni siquiera negra. Era del color del vacío, del color de la nada, y los ojos le dolieron al mirarla. Porque un día también fue toda luz y colores, pero ya no podía usarlos.

Él quiso derramar sus rojos, amarillos y verdes sobre ella. También sus azules, porque se volvían celestes cuando los dos los compartían. Contarle sus naranjas, regalarle sus rosados y arroparla con sus blancos. Y aunque todos los colores se escarchaban cuando ella los tocaba, él se dio cuenta de que poco a poco se le derretían en las manos.

Sus rojos pronto fueron más furiosos; sus amarillos, más gritones. Por las mañanas se llenaba de naranja, y el rosa comenzó a aparecer cuando los dos se encontraban a solas. Los verdes nunca llegaron a ser muy apaciguadores pero es que después de tanto tiempo sin color, solo quería vestirse de tonos vivos.

El azul dejó de ser un torrente para convertirse en un arroyo fácil de esquivar. Cuando la salpicaba, ella se limpiaba con el blanco y sonreía.

Sonreía, sonreía, sonreía… Y al verla, él se llenaba de rosas, naranjas y amarillos.

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