El lápiz mágico

Asintió con la cabeza gacha al oír las palabras de la profesora y clavó la mirada en la mesa. Los demás leían sus trabajos corregidos en un silencio que parecía acusarle; él se pellizcaba los dedos y los entrelazaba sin parar, sintiendo que tenía que hacer algo para disimular que, de nuevo, no había entregado los deberes.

«Quiero que hablemos después de clase, Sam», le había dicho la seño. Le iba a caer una regañina, lo sabía. Ella era muy buena con todos, pero también justa, y no lo dejaría pasar otra vez.

Se mordió el labio para no llorar. Encima, sus padres también le castigarían si se enteraban. Esperaba que la seño no les mandara una nota a casa, ni hablara con ellos. Aquella posibilidad era lo que más miedo le daba.

La clase terminó más rápido de lo que le habría gustado y, apenas sonó el timbre, los niños empezaron a levantarse para ir al recreo. Salieron corriendo del aula con sus bocadillos y balones de fútbol; dejaron a Sam a solas, sin querer moverse aún de su mesa y esperando que la seño se hubiese olvidado de él. Pero la señorita Virginia se acercó para sentarse a su lado sin decir nada, esperando a que él levantara la cabeza. Y Sam decidió que tenía que ser valiente.

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Imagen

Amanecer

A las 5:40, Carlota partió hacia la colina. Llevaba la cámara de fotos en el bolsillo, un sándwich y un zumo en la mochila, y el pelo recogido en dos coletas que bailaban al ritmo de su paso ligero.

La vida en el campo se desperezaba: los pájaros piaban en sus nidos y el gallo de los vecinos hacía ya un rato que cantaba. Pelusa salió de su caseta para seguirla correteando; ella se llevó un dedo a los labios para indicarle que no ladrara, pues la excursión era secreta y mamá y papá no podían enterarse.

La colina quedaba a unos metros de casa. Con sus escasos 300 metros, era el punto más alto en aquella interminable extensión de campos y bosquecillos; llegar a la cima no tomaba ni cinco minutos.

Pelusa movió la cola al ganarle la carrera, obteniendo a cambio una sonrisa. Carlota se sentó con las piernas cruzadas como un indio, sacó el desayuno y se dispuso a comer, partiendo antes un trozo de pan para el perro. Pero Pelusa parecía más interesado en jugar con las mariposas que bailaban a su alrededor, conformando una imagen tan encantadora que Carlota se apresuró a retratarla.

Los primeros rayos del sol precedieron su aparición en elpolaroid sunrise horizonte, emergiendo desde un bosque de abedules. La niña suspiró y el animal la miró curioso, pero ella no apartó la vista. La parte inferior de las nubes se fue tiñendo de rosado, mientras que el cielo aún lucía de un azul oscuro que se iba tornando dorado y celeste por momentos.

Carlota disparó la cámara. En el estómago sentía el cosquilleo que solo el primer día de verano podía provocar.


Hoy que por fin hace frío de verdad en mi ciudad, necesitaba evocar esa calidez de los primeros días de verano, esa ilusión con la que esperaba mis vacaciones cuando era una niña. Como cada año, te soportaré como pueda, invierno, ¡pero por mis pies y manos congeladas te juro que nunca llegaré a quererte!

Ciber-amor

“Mándame fotos. Quiero verte”.

Enter. Segundos de espera que se alargan mientras el “Escribiendo…” aparece en pantalla.

“Me da vergüenza”.

Él suspira pero no pierde la paciencia; sabe cómo convencerla.

“¿Vergüenza? Seguro que eres guapísima. Si me mandas una, te mando yo otra mía”.

Un minuto entero transcurre esta vez antes de que la foto de una rubia sonriente aparezca en pantalla. Su pelo se ondula sobre el escote y lo corto del vestido deja ver unas largas piernas.

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