Receta reinterpretada

Del caldero se elevaban efluvios que hacían volar la cabeza de Trisha. Todo le daba vueltas y los ojos empañados no le dejaban ver bien lo que hacía con el cuchillo, así que las raíces de asfódelo le estaban quedando en trozos desiguales. Para colmo, la cocción se le había pasado ya de tiempo. Miró el reloj, apurada; Marla estaba a punto de llegar.

Se secó el sudor de la frente con las páginas sueltas del libro de recetas y trató de arreglar las raíces pero, cuanto más las retocaba, peor forma tenían. Terminó por clavar el cuchillo en la mesa con un gruñido de frustración; Poro se estremeció en su jaula ante aquel arranque y retrocedió contra los barrotes.

La pócima burbujeó furiosa cuando Trisha tiró los trozos dentro con descuido. «Unos minutos más y…», pensó, pero el líquido se oscureció hasta adquirir un tono oscuro, casi negro… y ella recordaba con claridad que el tono en el recetario era azul pálido. Tragó saliva para deshacer el nudo de nervios que tenía en la garganta.

—Tiene que haber una manera de… —murmuró para sí.

Buscó frenéticamente el cuaderno a su alrededor pero, cuando se inclinó para leer, las páginas estaban emborronadas. Se quedó mirando las líneas por unos segundos sin comprender lo que veía hasta que, horrorizada, se llevó una mano a la frente; al retirar los dedos manchados de tinta, dejó escapar un grito ahogado.

—¡Trisha!

La aprendiz de hechicera entró en pánico, pues la voz afilada de Marla se oyó justo a su espalda. Estaba tan ensimismada en arreglar el desastre, que ni la había oído llegar. Temerosa, se dio la vuelta y trató de esbozar una tímida sonrisa.

—Mi señora…

—¿Qué es esto?

La bruja la rodeó, avanzando con garbo hasta el caldero, e inclinó la espalda. Sus alas se curvaron con gracia hacia el techo y Trisha se llevó las manos a las suyas en un acto involuntario. Eran aún tan pequeñas y débiles… pero, algún día, serían tan poderosas como las de su maestra. Sólo tenía que aprender a encauzar su magia.

Marla arrugó la nariz cuando el hedor a azufre le dio de lleno; una sonrisa helada se le dibujó en el fino rostro al advertir las grandes burbujas que se elevaban y explotaban. Removió el contenido con el cucharón; la poción había espesado tanto que era difícil sacarlo tras darle unas vueltas. Hubo un silencio que se prolongó mientras Trisha daba saltitos en el sitio de puro nerviosismo.

—Siempre consigues sorprenderme, aprendiz. Parece que por fin estás mejorando.

Ella abrió los ojos como platos.

—¿De verdad? —Tenía el corazón en un puño pero se atrevió a sonreír, esperanzada.

—Ven aquí.

Se acercó con pasitos ansiosos, derribando el tarro de alas de mosca a su paso. Hizo una mueca ante el destrozo pero Marla seguía observándola con aquella sonrisa que, ahora que la veía de cerca, parecía de lo más inquietante. Avanzó cada vez más despacio, temerosa, hasta que la bruja la agarró por la espalda de la túnica y la forzó a inclinarse sobre el caldero. Se le escapó un gemido de terror y la barbilla empezó a temblarle.

—¿Qué ves ahí, Trisha? —Ella negó con la cabeza, muerta de miedo. Solo veía burbujas explotando a centímetros de su cara—. Un error tras otro, tras otro… —Marla la zarandeó y se clavó el borde en el estómago—. Sigues dejándome en ridículo, retrasando mi misión…

Su voz era como el filo de un puñal; le hablaba al oído y su aliento era gélido. Le puso los pelos de punta.

La oyó agarrar algo a sus espaldas y, antes de comprender lo que ocurría, sintió el contacto del acero en la garganta. Miró la sangre que caía a borbotones en el líquido como si perteneciera a otra persona, con los ojos desorbitados y sin poder articular palabra.

—No puedo esperar más. —Sentenció Marla, pero Trisha ya no oyó esas palabras. Colgaba inerte del caldero con la cara congelada en una mueca grotesca. Un reguero de sangre seguía alimentando la poción, que había adquirido un brillo siniestro—. El tiempo se me echa encima. Tengo que…

Se detuvo en seco, pues su vista se clavó en la cobaya de Trisha. Arqueó las cejas afiladas mientras pensaba; en un decidido movimiento arrancó al animal de la jaula y lo lanzó al caldero. La criatura se encogió entre agudos chillidos; molesta, Marla la empujó hasta el fondo con el cucharón hasta que dejó de agitarse.

La pócima comenzó a girar formando una espiral; el caldero vibraba y despedía chispas que prendían la túnica de la bruja. Sin prestar atención a la quemazón, colocó las manos sobre él y canalizó su magia en un torrente de energía que golpeó el fondo, salpicando aquella sustancia roja a su alrededor; el temblor aumentó y se extendió por toda la habitación. Fue entonces cuando sucedió.

Del remolino comenzó a elevarse una figura que se formaba a medida que recibía la magia de Marla. Un pelaje rojo le cubría la piel hasta la mitad del cuerpo, donde se tornaba marrón y daba paso a patas de cabra. Ante la mirada de deleite de la bruja, al esbirro le crecieron retorcidos cuernos en la cabeza y mostró los dientes afilados al esbozar una horrible sonrisa. El vínculo se rompió cuando el ser dejó de absorber magia: su creación estaba lista… y la miraba con un brillo siniestro en los ojos.

Su rostro orgulloso jamás lo mostraría pero, a través de sus sueños de muerte y caos, Marla sintió una punzada de miedo.

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2 comentarios en “Receta reinterpretada

  1. Hola Ana, me ha gustado, solo te pediría, revisaras los adverbios “mente” creo que los usas demasiado. Encuentro el relato tambien con exceso de adjetivos, pero esa ya es una cuestion de gustos.

    Saludos y que buena la que le espera a la bruja.

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    • ¡Hola! Vaya, tienes razón y no sé cómo no me di cuenta: había siete “-mente” en un texto tan corto. Arreglado satisfactoriamente, creo 🙂 Los adjetivos sí se quedan porque la verdad es que a mí me gusta así pero agradezco tu punto de vista. Ya sabes que valoro mucho tu opinión.

      Mil gracias por leer y por mencionarme eso ♥

      Le gusta a 1 persona

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