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Un regalo inesperado

arce
—Escucha atenta, hija. Los árboles están cantando.
     Alzo la vista. Una mujer de cabellos grises se ha detenido al otro lado de la verja y dirige el rostro hacia mí, pero tiene los ojos cerrados. Cuando los abre, sonríe al ver que me he quedado boquiabierta.
     —Vamos, cierra los ojos —murmura—. El viento suena distinto cuando pasa entre las agujas de los pinos, las hojas del arce o las ramitas de un matorral. Si prestas atención, oirás hasta el chasquido de las hojas al separarse de las ramas.
     Hago lo que dice, más por la sorpresa que por convicción. «Vieja loca», pienso mientras deslizo un dedo entre las páginas de mi libro. Tengo la tentación de entreabrir los ojos para ver qué hace ella, pero algo me dice que no me dejará en paz hasta que “escuche”.
     Pasan unos segundos en los que no percibo nada inusual. El viento, ¿qué pasa con el viento? ¡Siempre suena igual! No obstante, empieza a picarme la curiosidad. Respiro hondo y dejo que mi cuerpo se relaje contra el tronco del arce; es cuando percibo lo irregular de su superficie en mi espalda. La brisa me revuelve el pelo pero no trato de peinarlo; dejo que juegue con él mientras me inunda con el perfume de las dalias.
     Para entonces, ya no pienso en la anciana. Sobre el canto de los pájaros alcanzo a oír las hojas que se agitan formando un susurro melodioso; al ladear la cabeza y descansar la cara sobre el tronco, siento como si el árbol me cantara a mí. Es extraña la conexión que puedo llegar a sentir con un elemento que, hasta ahora, creía inerte.
     Sonrío cuando me caen hojas alrededor ante un soplo de viento y aún transcurren varios minutos hasta que levanto los párpados. Me enderezo con un suspiro y cruzo una mirada cómplice con los ojos verdes que me observan desde la valla. Sin mediar palabra, hace un gesto de despedida y sigue su camino; la contemplo hasta que la pierdo en el recodo del sendero. En mis oídos, los árboles unen sus voces en una delicada canción.