Ella no tenía color cuando la conoció. No era gris, ni blanca, ni siquiera negra. Era del color del vacío, del color de la nada, y los ojos le dolieron al mirarla. Porque un día también fue toda luz y colores, pero ya no podía usarlos.

Él quiso derramar sus rojos, amarillos y verdes sobre ella. También sus azules, porque se volvían celestes cuando los dos los compartían. Contarle sus naranjas, regalarle sus rosados y arroparla con sus blancos. Y aunque todos los colores se escarchaban cuando ella los tocaba, él se dio cuenta de que poco a poco se le derretían en las manos.

Sus rojos pronto fueron más furiosos; sus amarillos, más gritones. Por las mañanas se llenaba de naranja, y el rosa comenzó a aparecer cuando los dos se encontraban a solas. Los verdes nunca llegaron a ser muy apaciguadores pero es que después de tanto tiempo sin color, solo quería vestirse de tonos vivos.

El azul dejó de ser un torrente para convertirse en un arroyo fácil de esquivar. Cuando la salpicaba, ella se limpiaba con el blanco y sonreía.

Sonreía, sonreía, sonreía… Y al verla, él se llenaba de rosas, naranjas y amarillos.

Ginebra

Cada noche moría en alcohol para olvidar que ya no tenía vida.

Ahogada y violada por las deudas y el desahucio; ahora buscaba con rabia lo que se le arrebató sin nobleza. Vivía en una habitación prestada y coleccionaba las carteras del señor Ron, del señor Vodka y de don Tequila.

Las sábanas arrugadas advertían sus hurtos cuando llegaba el alba. Descalza y de puntillas, abandonaba el hotel con su botín en la mano y la vergüenza derrotada.

2:45 am

Sonia ya sabía que iba a ser una de esas noches cuando se metió en la cama.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Se acurrucó de costado a la espera de que su cuerpo calentara las sábanas y se frotó los pies uno contra otro para hacerlos entrar en calor.

El reloj de la mesita de noche marcaba la una de la madrugada. Lo miró un instante antes de darle la vuelta; parecía que los números rojos se burlaban de ella. «¡Eh, tu marido aún no ha vuelto a casa!», le gritaban. «¿Recuerdas que ayer no llegó hasta que nos pusimos en las 3:00 am?»

A medida que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, las siluetas de los muebles se fueron dibujando. Se dio la vuelta para mirar al techo con pesar, evitando pensar dónde estaría Luis. Cada vez más días se despedía de él al marcharse al trabajo sin saber cuándo le volvería a ver.

El silencio de aquella habitación vacía caía sobre ella, la aplastaba contra la cama y no la dejaba respirar. Sonia exhaló un hondo suspiro y tragó saliva para deshacer un nudo en la garganta, antes de removerse una vez más para alargar el brazo y alcanzar la mini radio. La encendió y, al ponerse los auriculares, la agradable voz de un locutor fluyó hasta sus oídos y le alivió un poco la opresión en el pecho.

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Areye

El sol aún no ha salido cuando el aire se torna gélido.

Me inquieta tal cambio de temperatura en el interior de la casa; llevo un rato despierto y estoy seguro de que el mercurio marcaba antes un punto más alto en el termómetro. Ahora puedo ver mi aliento arremolinándose en nubecillas que se deshacen a medida que se elevan. Intrigado, abro la ventana para asomarme al exterior… Donde la temperatura es fresca pero agradable.

Algo no está bien y no logro discernir qué. Mi cuerpo, sin embargo, se anticipa ante lo que a mí se me escapa: tengo erizado todo el vello del cuerpo y no es por el frío. Detecto un movimiento al otro lado de la habitación; cuando soy capaz al fin de comprender, el corazón se me desboca.

Areye.

«No otra vez, por favor».

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La cena está lista

—¡Ya estoy en casa!

Sam colgó la chaqueta en el perchero tras la puerta. A medida que caminaba por el pasillo hacia la cocina, un extraño olor le hacía arrugar la nariz con desagrado; parecía como si algo estuviera descomponiéndose allí.

—Lola, cariño… ¿A qué huele?

—¡Sam! No te oí entrar… —Su mujer tenía la cocina patas arriba. Había restos de comida en la encimera y utensilios tirados de cualquier manera en el fregadero, pero ella se veía contenta—. Estaba haciendo la cena. Huele rico, ¿verdad?

—Por supuesto… —Sam fue incapaz de negárselo, tan ilusionada como estaba.

La besó con dulzura en la mejilla al pasar por su lado, tratando de ver qué había en el horno, pero se distrajo con los rizos rubios que se le escapaban de la coleta.

—¿Dónde están los niños?

—Salieron temprano a merendar con los hijos de Sonia, la vecina. Han hecho un picnic en el parque, ¿sabes? Me han vuelto loca insistiéndome para que les diera permiso…

—¡Espera, espera! —la interrumpió Sam, espantado—. ¿De dónde has sacado ese pájaro muerto, Lola?

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Combustión espontánea

Al principio es sutil: un cosquilleo en la mente que reclama atención, que empuja hasta hacerse hueco y se instala entre pensamientos, alzando los brazos cada vez que se le quiere pasar por alto.

Y se sale con la suya: crece alimentándose de ideas hasta que su presencia se hace insoportable y empieza a molestar. Pincha, grita, pellizca; se enrabieta cuando se le aparta por un momento sólo para volver con más fuerza después.

Prende fuego a la hoja en blanco y la consume con escenas, personajes, detalles. Pero tan repentino como empezó, acaba… Y del cosquilleo solo quedan rescoldos. Rescoldos y la tranquilidad de cerrar el cuaderno con una página emborronada más.