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Un regalo inesperado

arce
—Escucha atenta, hija. Los árboles están cantando.
     Alzo la vista. Una mujer de cabellos grises se ha detenido al otro lado de la verja y dirige el rostro hacia mí, pero tiene los ojos cerrados. Cuando los abre, sonríe al ver que me he quedado boquiabierta.
     —Vamos, cierra los ojos —murmura—. El viento suena distinto cuando pasa entre las agujas de los pinos, las hojas del arce o las ramitas de un matorral. Si prestas atención, oirás hasta el chasquido de las hojas al separarse de las ramas.
     Hago lo que dice, más por la sorpresa que por convicción. «Vieja loca», pienso mientras deslizo un dedo entre las páginas de mi libro. Tengo la tentación de entreabrir los ojos para ver qué hace ella, pero algo me dice que no me dejará en paz hasta que “escuche”.
     Pasan unos segundos en los que no percibo nada inusual. El viento, ¿qué pasa con el viento? ¡Siempre suena igual! No obstante, empieza a picarme la curiosidad. Respiro hondo y dejo que mi cuerpo se relaje contra el tronco del arce; es cuando percibo lo irregular de su superficie en mi espalda. La brisa me revuelve el pelo pero no trato de peinarlo; dejo que juegue con él mientras me inunda con el perfume de las dalias.
     Para entonces, ya no pienso en la anciana. Sobre el canto de los pájaros alcanzo a oír las hojas que se agitan formando un susurro melodioso; al ladear la cabeza y descansar la cara sobre el tronco, siento como si el árbol me cantara a mí. Es extraña la conexión que puedo llegar a sentir con un elemento que, hasta ahora, creía inerte.
     Sonrío cuando me caen hojas alrededor ante un soplo de viento y aún transcurren varios minutos hasta que levanto los párpados. Me enderezo con un suspiro y cruzo una mirada cómplice con los ojos verdes que me observan desde la valla. Sin mediar palabra, hace un gesto de despedida y sigue su camino; la contemplo hasta que la pierdo en el recodo del sendero. En mis oídos, los árboles unen sus voces en una delicada canción.
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Amanecer

A las 5:40, Carlota partió hacia la colina. Llevaba la cámara de fotos en el bolsillo, un sándwich y un zumo en la mochila, y el pelo recogido en dos coletas que bailaban al ritmo de su paso ligero.

La vida en el campo se desperezaba: los pájaros piaban en sus nidos y el gallo de los vecinos hacía ya un rato que cantaba. Pelusa salió de su caseta para seguirla correteando; ella se llevó un dedo a los labios para indicarle que no ladrara, pues la excursión era secreta y mamá y papá no podían enterarse.

La colina quedaba a unos metros de casa. Con sus escasos 300 metros, era el punto más alto en aquella interminable extensión de campos y bosquecillos; llegar a la cima no tomaba ni cinco minutos.

Pelusa movió la cola al ganarle la carrera, obteniendo a cambio una sonrisa. Carlota se sentó con las piernas cruzadas como un indio, sacó el desayuno y se dispuso a comer, partiendo antes un trozo de pan para el perro. Pero Pelusa parecía más interesado en jugar con las mariposas que bailaban a su alrededor, conformando una imagen tan encantadora que Carlota se apresuró a retratarla.

Los primeros rayos del sol precedieron su aparición en elpolaroid sunrise horizonte, emergiendo desde un bosque de abedules. La niña suspiró y el animal la miró curioso, pero ella no apartó la vista. La parte inferior de las nubes se fue tiñendo de rosado, mientras que el cielo aún lucía de un azul oscuro que se iba tornando dorado y celeste por momentos.

Carlota disparó la cámara. En el estómago sentía el cosquilleo que solo el primer día de verano podía provocar.


Hoy que por fin hace frío de verdad en mi ciudad, necesitaba evocar esa calidez de los primeros días de verano, esa ilusión con la que esperaba mis vacaciones cuando era una niña. Como cada año, te soportaré como pueda, invierno, ¡pero por mis pies y manos congeladas te juro que nunca llegaré a quererte!